miércoles, 26 de noviembre de 2014

La Boda Real

   Estamos casados. La Princesa y yo ya somos Herr und Frau. Somos una pareja ante la ley, con las responsabilidades que conlleva la convivencia, el matrimonio y la vida en general. Somos adultos. Nos hemos hecho adultos. ¡Nos hemos hecho adultos! ¡Mierda! ¿Cuándo ha pasado esto?

   Por supuesto, sólo estoy bromeando. Estoy más que encantado de ser la otra mitad de la Chaparrita. Y como soy más feliz que un regaliz y vivo más contento que una hiena y más tranquilo que una vaca en el prado, voy a contaros exactamente cómo fue este día.

   La noche anterior preguntamos a nuestra casera su opinión femenina sobre el vestido de la Princesa. Porque, eso sí, ella no estuvo 100% segura de su aspecto hasta el último minuto. Son las desventajas de ser perfeccionista, a la par que perfecta. La casera, que todo lo que tiene de simpática lo tiene de friolera, le aconsejó que comprase inmediatamente unas medias de grosor 40 DIM (a mí me suena a tamaño de folios, si os soy sincero), porque con un vestido no iba a soportar las terribles temperaturas invernales siberianas árticas que podían esperarnos. Vamos, que lo de la Batalla de las Árdenas iba a ser un día de playa comparado con lo que nosotros íbamos a pasar.

   Así ahí estamos, levantándonos a las siete de la mañana para medio arreglarnos y presentarnos a las ocho en punto, hora de apertura, en el BIPA, a comprar las susodichas medias. El tiempo amenazaba, era cierto. Estaba oscuro como la conciencia de alguien que tenía la conciencia oscura, y lloviznaba levemente. Por fortuna, encontramos las medias en seguida y regresamos rápido a la casa.

   Hay que reconocer una cosa: hay muchos motivos por los que me alegro de no ser mujer. Es cierto, que por mucho que nosotros nos arreglemos, y nos pongamos un trajecito, y una corbatita, y este mes nos duchemos, todo el mundo lo que va a decir es "¡Qué guapa está la noviaaaaa!". En eso perdemos. Pero la neta, entre no tener período, no tener que dar a luz, y muy especialmente, estar arreglados en cuarenta minutos... Sí, nuestra vida es considerablemente más fácil. Hay que reconocerlo.

   Ese es mi punto: la Princesa se pasó el resto de la mañana preparándose (y preguntándose si de verdad se veía bien). Yo, simplemente, tenía mi ropa preparada desde el día anterior, y sólo necesité ducharme y vestirme. Ella llevaba un vestido rosado con zapatos negros (a juego con su hermoso cabello de azabache), con un sólo tirante, que le hacía parecer una auténtica reina. Solamente le faltaba la corona. Yo llevaba un sencillo traje de pantalón y chaqueta negros sobre una camisa blanca y corbata. Nada, yo no soy ni importante ni bonito. Ella estaba preciosa. Ella era un ángel. Ella era un sol. Y desde entonces hasta ahora, no ha hecho más que mejorar.

   Apareció mi hermano por la puerta, cuarenta minutos antes de la ceremonia. Su mujer y él son fotógrafos profesionales, y vinieron completamente equipados para hacernos el favor de retratar el momento. Fuimos nosotros, antes de que la Princesa estuviera preparada, porque debíamos ir al Gemainde antes para llevar la bebida para el brindis (el pan tostado, que dice el traductor de Google).

   Llegamos al Gemainde. El lugar estaba abierto, pero dentro reinaba la oscuridad, el frío y la soledad. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando una risa se oyó de los pisos superiores, una risa infernal procedente de las profundas oscuridades del Hades...

   ¡No hombre, que os lo creéis todo! Lo que pasa es que el momento estaba siendo algo aburrido y quería adornarlo un poco. Ahora iba a añadir un dragón.

   En realidad llegamos al Gemainde, y sí es verdad que en principio parecía vacío, a pesar de estar abierto. Subí las escaleras dirigiéndome al despacho del Stammdesamt cuando a mi encuentro salió una mole, una bestia, un troll de las cavernas... Bueno, en realidad quien salió fue nuestro buen traductor, tan perdido como nosotros, preguntando en qué sala era la ceremonia. Al final apareció una señora funcionaria que ya conocíamos de vista (sinceramente, a día de hoy, desconozco su nombre), y nos indicó dónde era la sala.

   Mi hermano y cuñada entraron a colocar las cámaras de video que iban a grabar el evento mientras yo salí a la calle a esperar la llegada de la novia. Caminando de un lado a otro, nervioso, preguntándome si los fotógrafos saldrían a la calle a tiempo de grabar su llegada.

   Quienes llegaron primero fueron los invitados. A día de hoy sigo pensando que J iba tan bien vestido o más que yo. ¡Eso no se hace, hombreeeeeee! Qué va, es broma. Si acaso sería culpa mía por no estar a la altura, jeje.

   Después de un rato salieron los fotógrafos. Y, al poco rato, apareció ella.

   Y, aunque hacía ya un rato que la lluvia se había retirado, en aquel momento fue como si el sol saliera por primera vez en el mundo; como si toda la creación se hubiera detenido durante millones de años hasta ese momento. En ese momento, cuando Ella dobló la esquina, sonriente, nerviosa y hermosa de los pies a la cabeza, fue verdaderamente cuando la Historia empezó. Y todo lo que vino antes dejó de importar.

   Nos abrazamos y pude sentir su nerviosismo, su temblor, por primera vez tan acelerado como el mío. Su sonrisa, incapaz de encontrar las palabras. Sus ojos, mirando a todas partes, sabiendo que ese era su momento. Que todo tenía que ser especial para ella y nada más que para ella.

   Cuando finalmente nos compusimos, entramos en el edificio. En la puerta de la sala donde se oficiaría la ceremonia, los fotógrafos nos hicieron esperar un momento que fue algo nervioso. No sé qué tenían que prepararse, pero tal vez a nosotros nos vino bien ese minuto. Finalmente entramos.

   Era una sala amplia, con un montón de sillas, y dos sillas importantes adelante, en frente de una amplia mesa muy elegante. Me sorprendió lo lejos que estaban las sillas de esa mesa. Evidentemente, era una ceremonia. La idea no era firmar sentados, sino escuchar pacientemente lo que tuvieran que decirnos antes de ponernos en pie.

   ¿Y qué tenían que decirnos? Mira, la verdad es que nos llevamos una muy grata sorpresa. Tanto en México como en España, lo habitual es que te lean lo que dice la ley acerca del matrimonio (en el caso español, leen los artículos de la Constitución). "Elartículo23.1delaconstituciónespañolaestablecequeelmatrimonioeslauniónentredospersonasqueblablablablabla...". Un poco rollo. Pero aquí en Austria, o por lo menos en Sankt Johann, o por lo menos esta mujer, estuvo un buen rato acerca del amor. Del amor puro y duro, del que da sin esperar nada a cambio, del que hace feliz simplemente por ser como se es. Incluso nos mencionó la Biblia: "No es bueno que el hombre esté solo". Me sorprendió ese detalle en una boda civil.

   Y, para rematarlo, un poema al final. La voz de la mujer era muy bonita, la verdad. Dulce, calmada, hablando muuuuuuy despacio (lo suficiente para que, de hecho entendiéramos bastantes cosas con nuestro lamentable alemán). Era lo bastante agradable como para hacer sonar bonito un poema en alemán. Sí, el alemán puede sonar bonito. De verdad, lo juro. Quitáos los prejuicios de las películas de nazis, ¡el alemán es un idioma bonito!

   Ojalá hubiéramos sabido más alemán. Nuestro intérprete hizo un trabajo bastante bueno, pero la verdad, no era lo mismo. "El matrrrimonnniio es herrrrmossso... Pablo, ¿es voluntad suya casarse con persona Aida? ... Aida, ¿es voluntad suya casarrse con pendejo aquí prrresssenteeeee?". Parecía un poco como si nos estuviese casando Terminator. No creo que lo olvide nunca...

   Jeje, pobre hombre, lo hizo bien. Tuvimos algún malentendido con el precio, pero hizo un buen trabajo.

   Cuando por fin la mujer dijo que nos declaraba Señor y Señora (ella Señor y yo Señora, que nadie se confunda, que somos una familia modennnna), nos besamos. Nos besamos mucho.

   Y, la verdad, nunca en mi vida creí que sentir unos labios sobre los míos se sentiría tan especial. Nunca creí que toda la felicidad del universo pudiera caber en un solo minuto, en un solo instante, en un solo abrazo, en un solo beso. Como si cada partícula bien allegada del mundo hubiera creado una cámara en la que sólo cupiéramos ella y yo, y el resto del mundo se equivocara. Y, al contrario de lo que me dijo una vez mi hermano, sí que hubo fuegos artificiales. Sí los hubo al menos en mi corazón.

   Nos dimos la mano con todos los invitados. Muchas felicitaciones, mucho Congratulations, mucho Alles Gute, y tal y cual, y vamos a hacer un brindis.

   La neta, yo intenté disimular que en mi p... vida había abierto una botella de champán. ¿Qué dificultad podía tener? En realidad, acabé descubriendo que ninguna. Le quité a la botella el sujector (como se llame) de aluminio, lo que impide que el corcho salga. Y yo, ni siquiera moví la botella, sentí como dos segundos después hacía:

   ¡PAM!

   El corcho salió disparado hacia arriba cual bala perdida. A poco estuvo de darme en la frente, que habría sido algo bastante chistoso de ver. El champán empezó a brotar de la botella cual eyaculación sin fin (sé que no es una imagen agradable, pero seamos sinceros, ¿a qué nos recuerda si no?). Deprisa y corriendo serví los vasos. Brindamos dos, tres veces. No recuerdo cuántas. Yo sólo tenía ojos para la Princesa.

   Cuando salimos del Gemainde no hubo arroz. No sé si está permitido en este país. Ni falta que hacía. Sinceramente, han pasado cinco días, y hasta ahora ni había pensado en ello. Yo seguía teniendo ojos sólo para la Princesa. Mi Princesa. Mi Esposa.

   Para lo que queda intentaré ser breve, que a estas alturas ya debo de estar aburriendo a los profesores de matemáticas. Sí, no se ofendan, en serio, ¿qué diversión hay en las matemáticas?

   Tuvimos nuestra comida con nuestros familiares y amigos presentes en un hotel del pueblo. Fue bastante más elaborado de lo que habíamos pensado. Porque, nosotros, al margen del menú que habíamos dejado encargado, lo único que sabíamos es que nos habían reservado "una mesa bonita". Que para mí una mesa bonita puede ser perfectamente una del Ikea, vaya. Pero no, nos prepararon una mesa larga, bien servida, bien dispuesta... Además no había más clientes, así que daba la sensación de que hubiéramos alquilado el sitio entero para nosotros solos.

   Desde el principio tuvimos todos una copita de champán, que no habíamos encargado. Lo primero que nos trajeron fue un pan tostado con algún tipo de mantequilla (¡Google tenía razón!), que tampoco habíamos encargado. Fue un detalle de la casa, que siempre nos atendieron muy bien (para eso éramos sus únicos clientes, también).

   Luego vino la crema de calabaza. El primer plato que sí habíamos encargado. Pero yo no esperaba que la crema de calabaza estuviera tan deliciosa. ¡Qué rica! ¡Qué maravilla! Y después de eso, la carne con champiñones. Que también estaba buenísima, pero eso ya lo esperaba. ¡Qué rica la crema de calabaza, guau yupiiiiiii!

   Es interesante tener una comida en la que se habla en tres idiomas a la vez. Algunos de nosotros hablaban un idioma, otros dos y otros los tres. Alguien dice algo gracioso. Unos cuantos se ríen. Hay que explicárselo a los otros, pero claro, el momento risas ya se pasó. En fin, es inevitable, pero es un rato agradable y la gente tiene oportunidad de conocer personas de otros países. No sé cómo lo verán los demás, pero a mí eso me encanta.

   Poco más. Lo que vino después ya es una especie de celebración privada, y no es para todos los públicos. :-p

   El tópico dice que el día de tu boda es el día más feliz de la vida de uno. A nosotros todavía nos falta una, es lo que tiene hacer la boda en dos tramos. Y la siguiente es la que planeamos hacer realmente especial, con mil detalles y una fiesta grande. Pero a día de hoy, puedo decir, que el tópico es completamente cierto.

   Soy el Señor de la Princesa. El Ogro se convirtió en Príncipe. Quién lo iba a decir.

   Y soy, un día más, el hombre más feliz sobre la fazzzzz de la Tierra.

« Me invitas, me llamas incansablemente a tener un encuentro misterioso en el amor »
- Oración católica

jueves, 20 de noviembre de 2014

Contando las horas

   Se va acercando el momento. Se ha convertido en costumbre habitual preguntar si estamos nerviosos. ¿Por qué cuando uno está a punto de casarse todo mundo le pregunta si está nervioso? ¿No sabré casarme bien? ¿A lo mejor no acierto todas las preguntas que me hagan? "De verdad de verdad que esta vez me lo he preparado".

   Vale, ya he dicho cuatro chorradas. Cuando en realidad clsro que estoy nervioso. Quienes me preguntan lo saben tan bien como yo. Aunque no estoy tan nervioso por la boda en sí. Es más lo que viene después. Quiero ser un buen marido. Quiero hacer feliz a mi esposa. Nada me importa más.

   Por supuesto que la vida es complicada. Tendremos que buscar la manera de tener una estabilidad. Afortunadamente, está todo pensado: ¡voy a dejar la informática para dedicarme profesionalmente al baile latino! ¿Verdad, cielo? No, en serio, últimamente tenemos muchas risas tontas con mi forma de bailar. Creo que ya mencioné otro día que me parezco al primo de Will Smith.

   Por desgracia, mis padres finalmente no podrán estar aquí. Los problemas personales no se han agravado, pero se están alargando más de lo esperado. Al menos, vamos a tener la buena compañía de mi hermano mayor con su mujer, que acaban de llegar. Venían derechos de visitar un campo de exterminio nazi. Je, es como si hubieran dicho "¿Qué podemos ver para que después visitar a estos nos parezca chido?". :-p es broma, sé que tienen buena idea, y es de agradecer que se hayan desplazado hasta aquí.

   Los hemos acompañado al apartamento que han alquilado en Alpendorf. Y ¡qué huevos, que su apartamento de alquiler es mejor que nuestra casa! Tiene poca sala de estar, eso sí. Pero lo compensa con dos dormitorios enormes, y la verdad, teniendo televisión en ellas, casi que se agradece más. ¡Y el baño es tan grande como nuestro dormitorio! ¿Para qué quiere nadie tanto baño? Se van a perder. Je, pero están más lejos y los televisores no son panorámicos (ya, ya, modo envidia off).

   Luego hemos ido a dar un paseo por el pueblo, hemos visto la iglesia, y luego hemos ido a comer hamburguesas a un sitio que habíamos ido pero nunca visitado. Valiente como un mosquetero, con el porte de un caballero andante, he pedido mi chiliburger muy picante.

   ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhh!!!

   No, qué va, si tampoco picaba mucho. Vale, los labios se me pusieron rojos, la cabeza se me puso morada, y en general tenía ganas de meterme una granada en la boca para no volver a sentir nada en la lengua, pero de verdad que no era para tanto. Ahora sé cómo se sentía el niño ese de "Las Crónicas de Narnia" que se convertía en dragón.

   Me pasa por valiente. Pero, la salsa aparte, la carne era de lo mejorcito que he probado. Quizá ya estaba muy acostumbrado al McDonald's; a veces se agradece una hamburguesa con carne de verdad, ¿que no? Con carne que sepa a carne por lo menos.

   Supongo que la próxima vez que escriba en este blog estaré casado. Para siempre. Seremos Herr und Frau Schuhe. Seremos uno solo.

   Hoy me ha dado por recordar cuando la llamaba por Skype a su oficina. ¿Tanto tiempo ha pasado? ¿Nos imaginábamos entonces que llegaríamos hasta aquí, que de verdad estaríamos haciendo esto ahora? Como le dije ahora, yo lo supe desde el momento que estuvimos juntos, desde el momento que la besé.

   Que ella es mi mujer, yo soy su hombre, y quiero que ella sea la persona con la que compartir cada cosa de mi vida. Te amo, Chaparrita.

« Fue cuando supe que tú eres la mujer con la que quiero bailar todos los bailes. »
- "Friends"

jueves, 6 de noviembre de 2014

En un lugar de la Manches

Le he robado a alguien una foto de Bischofshofen...
   Se va acercando la Fecha, y aquí ya ha vuelto a llover y a llover como sólo llueve en verano. Muchas mañanas son levemente heladas. El día tiene una temperatura más o menos decente, pero no manches, que el día se acaba entre las cinco y las cinco y media de la tarde. Y así no se pinche puede.

   Por un problema personal, es posible que mi familia no pueda estar aquí para la boda. Sería una lástima, pero bueno, por otra parte, las últimas noticias que nos están llegando parecen ser positivas.

   Las clases del Volkshochschule avanzan a buen ritmo, y ayer la Princesa me dijo que le gusta mucho ir; son lecciones muy dinámicas en las que se hacen muchas cosas diferentes. Lo malo es que tenemos el descanso a horas distintas (o, más bien, los descansos de ella son cada día a una hora diferente), así que mayormente me los paso juntando frutas o matando orcos en el teléfono, mientras mis compañeros salen a fumar. Eso sí, lo hago en alemán, que a los orcos se los escucha mejor cuando hablan en su idioma original.

   Mi curso (Teil 3) termina dentro de dos semanas, y ya ha habido que hacer algunas gestiones para que mi emprese me financie el siguiente (Teil 4). Lo primero que me dijeron es que es raro que la empresa pague cuatro cursos al mismo empleado. Luego, un señor de la Familia, esto es, de los Klein, me dijo que sí, que me lo pagaban sin problemas. Pero me preguntó si estaba estudiando algo más por otro lado, porque lo normal después de un año viviendo aquí sería que alcanzara un nivel B1/B2. Lo comenté con los otros paisanos de la empresa y estamos de acuerdo en que el buen hombre se debe de estar fumando algo rico; uno de ellos lleva como nueve meses más que yo y apenas va a terminar el A2.

   Por cierto, ayer fue su cumpleaños, y hoy ha traído a la oficina una tarta de chocolate que estaba riquísima. Entre eso y la pizza enchilosa de después ya sí que me siento embarazado como nuestro compatriota Arnold Schwarzennegger.

   Nuestros caseros nos han contado que él, el trompetista, va a tocar todos los fines de semana desde el 30 de noviembre hasta Navidad en un pueblo llamado Fritzmoss o algo así (un compañero de trabajo vive allí, pero si me peguntan cómo se escribe, contesto que con mucho cuidado). Nos han invitado a que vayamos un día a verlo, aunque la neta, habrá que ser valientes para ir a un sitio al que se llega caminando una hora, por lo que cuentan. "Es muy romántico", dicen los mensos, "hay árboles a los lados, y puedes montar a caballo". Pues en esas fechas espero que el caballo en cuestión tenga calefacción.

   Por cierto, que seguimos a la búsqueda de un cochito de segunda mano. El último consejo que nos han dado es que, en el presupuesto que manejamos (entre triste y pobretón), lo busquemos Seat o Skoda, que parece que salen bien buenos. Por otra parte, nos cuentan que en estos países primermundistas se paga una buena lana por el seguro del auto. Pero en fin, eso es algo por lo que habrá que pasar sí o sí.

   Ayer también se cumplieron trece maravillosos meses desde que mi Princesa y yo nos conocimos. Quién nos iba a decir que coincidir casualmente con alguien en un chat de ya.com, que es algo bastante inocente y de todos los días, nos iba a cambiar tanto la vida. Ni imaginarme de que iba a mejorar tanto, de que iba a compartir mi vida entera con alguien tan increíble, tan especial, y que sería tan inmensísimamente feliz por ello.

   Y sí, ya que algunos han notado que después de trece meses se me empiezan a escapar algunos mexicanismo, en este texto he elegido no cortarme. Así que, ¡no manchen!

« Una mujer a la larga siempre se acostumbra. »
- Albur popular

lunes, 27 de octubre de 2014

El Viaje Continúa

   Sí, ya sé, he estado un poco desconectado. Al principio era porque durante unos días no ocurrió nada, y luego, las cosas como son, me daba bastante hueva. La verdad es que disfruto de cada segundo que paso con la Princesa. Con cada minuto, con cada sonrisa suya.

   Porque sí, se sigue demostrando que los cuentos existen, y que todo se consigue si uno lucha lo suficiente por ello. Si uno sabe lo que quiere. Si lo tiene claro. Yo sé que amo a la Princesa. Y ella lo sabe. Y yo sé que lo sabe, porque se nota mucho. Y así cada día que pasa es mejor que el anterior, porque vamos construyendo algo que cada vez se siente más sólido.

   Bueno, hagamos un pequeño descanso para hablar de Jerön. Durante dos semanas ha estado aquí de vuelta nuestro compañero y amigo. Vino a trabajar en nuestra oficina unos días, y ya se regresó a seguir trabajando para nuestro proyecto, pero desde su empresa en Holanda. No parece estar funcionando muy bien, mi jefe hoy tenía un cabreo digno del tío de Will Smith. Pero las semanas que ha estado aquí lo hemos pasado muy bien. Hemos salido de cervecismos un par de veces, y otro amigo nuestro parece haber encontrado pareja. Quién sabe cómo acabe aquello.

   Ha sido una pena tener que despedirse de él otra vez. Pero bueno, tal vez, por cuestiones de trabajo, tenga que regresar en algún momento.

   Se acerca el invierno. Y no lo digo por frikismo, es que realmente se está acercando. Ya se está notando el frío, especialmente cuando oscurece. Ayer fue el cambio de hora, que nunca entenderé. ¿Que cuando llega el frío y la noche es más larga se atrasa la hora para que se haga de noche todavía más pronto? En cualquier caso, aquí el cambio de horario no es el culpable del tiempo que hace. La semana pasada nevó un poco, aunque no lo suficiente para que cuajara. Estamos esperando que caiga ya una buena nevada, que deje todo cubierto y suavice un poco la sensación térmica. El cielo está despejado estos días, y el frío es cortante.

   La semana pasada fuimos al ayuntamiento (Gemainde). La intérprete que pretendíamos utilizar nos falló en el último momento. Nos iba a poner en contacto la mujer que tradujo nuestros documentos, pero esta mujer se marchó a Portland sin avisar. Y ya no hubo manera de ponerse en contacto con ella a tiempo. Su oficina nos consiguió otro traductor en nada de tiempo.

   Por cierto, que la gente aquí se pasa de educada. Llamo al traductor, y por pura costumbre pregunto Sprechen Sie Spanisch? Y me contesta "un poco". ¿Un poco? ¿Un poco? Se supone que es un traductor jurado, más vale que hable más que un poco. Bueno, es eso, la humildad de los austríacos, porque la verdad es que el hombre habla suficientemente bien. Mejor dicho, comprende suficientemente bien. Hablar, habla un poco como Michael Robinson.

   Por cierto, no quiero dejar de pasar la ocasión de hablar del coche de la traductora. EL coche. Mono volumen, navegador de a bordo, sensores de cercanía en los cuatro lados, ¡una videocámara posterior para aparcar!... Vamos, que nosotros queríamos un coche bueno, pero con uno como ese nos conformamos. Eso sí, espero que alcance en cuatro puntos la velocidad de la luz, si no me voy a sentir muy decepcionado.

   Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda (die Ubeda Hügeln). Con este intérprete (dolmesch) fuimos al Gemainde donde ya, los tres (concejal de turno, Princesa y Princeso) firmamos un documento que establece que efectivamente nos queremos casar...

   ...el 22 de noviembre. Oeeeoeoeeeeeee. Los dos patitos. El 22 de noviembre seremos marido y marida. Y, un año más tarde, maridísimo y maridísima.

   Estamos preparando cosillas para los invitados que tendremos, unos diez, incluyendo a mi familia, que me cuentan que ya tienen los boletos comprados. Será una boda sencilla pero bonita. Habrá flores, música (proporcionada por el Gemainde, así que sabe Dios cuál), una funcionaria del Stadt de Sankt Johann a la que aún no conocemos, nuestro intérprete Michael Robinson, y nosotros mirándonos a los ojos con mucho amor mientras apenas oímos una voz precisa diciendo junjaujsjanfuasnjajsjfkasjajedjfenjenden.

   Coñas aparte, la verdad es que tengo muchas ganas de casarme con mi Princesa. Cada día que pasa la quiero más, cada vez estoy más feliz, y cada vez tengo más y más ganas de llamarla mi esposa. De pasar tiempo juntos, de seguir construyendo juntos esto tan grande que estamos construyendo. No, un barco no, locos, me refiero a nuestra relación.

   No sé cómo decirlo, porque no hay suficientes palabras en el diccionario, pero es la verdad. Cada vez que ella se ríe es como si amaneciera de nuevo. Cada vez que me abraza sé que mi vida finalmente tiene sentido. Cada vez que me acaricia la cabeza sé que nací para estar justamente aquí. Y cada vez que necesita el apoyo de alguien sé que nací para estar justamente con ella.

   Quiero saber que la vida con ella no va a terminar. Porque sí, porque sí, porque sí.

« Es genial, tío. Estar con ella es mucho mejor que... que... ¡que no estar con ella! »
- "Friends"
 PD: Me parece que esta cita ya la había puesto...

jueves, 25 de septiembre de 2014

Que no pare la fiesta

   El viernes pasado nuestra empresa cumplió años. Hace 45 primaveras que H. K., un hombre que estaba llamado a revolucionar su comunidad, su patria y su armario, fundó la compañía en la que fabricamos soluciones tecnológicas de seguridad. Hoy en día su empresa la dirige su hijo, junto a su hermano menor.

   Así que estaba claro que no íbamos a trabajar mucho. De hecho, no trabajamos nada.

   La jornada comenzó con el primer despiste, o llamémoslo mejor desconocimiento. Nos habían citado en un centro cultural a las ocho y media de la mañana en un centro cultural. Como había que caminar un poco más que para ir a la empresa, yo fui bien tempranito. Y tempranito que llegué, vaya, casi media hora. Así que di unas cuantas vueltas por el centro del pueblo, comprobé que nuestro banco abre bien pronto, volví a leer la información turística junto a la catedral del pueblo, y ya me fui para allá, diez minutos antes de la hora.

   Resulta que la llegada de la gente era de ocho a ocho y media, y yo era de los últimos en llegar.

   Al llegar nos dieron un papelito con un número. Tras un primer breve refrigerio nos metieron al salón de actos donde nos sentamos por grupos. El número, entregado al azar, indicaba en qué grupo debía sentarse cada uno. La idea era buena: de esa manera forzaban a los empleados a mezclarse y conocerse unos a otros, y no que se formaran los inevitables grupitos entre departamentos. Pero claro, cuando uno no habla el idioma local, la buena idea se convierte en una idea para comer aparte. Tampoco les puedo culpar, estaba en minoría.

   De ocho y media a casi las dos de la tarde, con media hora de pausa para comer algo, estuvimos escuchando presentaciones sobre los proyectos que está llevando a cabo la empresa (curiosamente el nuestro no entraba en ninguna categoría; no debe de ser lo bastante puntero). Yo escuchaba atentamente el idioma alemán mientras bebía una botella de agua con gas y otra de sidra que sabía a refresco de Don Simón. Entender, entender... entendí cuando nos pidieron que diéramos nuestra opinión sobre lo que se había explicado. Feedback, que lo llamaron. Y yo cómo "¿eeeeeeeeh?". Más perdido andaba que el Papa en un concierto de Mägo de Oz.

   Por suerte la comida estuvo buena, un par de compañeros me explicaron algunas cosas, y el propio CEO de la empresa, el mismísimo Calvin Klein, nos vino a explicar personalmente cómo y dónde vendían los futuros proyectos. Se le nota que le gusta juntarse con los extranjeros, siempre es muy amable, y se le ve cómodo con el inglés. Desde luego mucho más que nosotros con el alemán.

   Después de esa interminable mañana en la que yo ya estaba cansado de cantar "In the jungle" en mi cabeza, llegó la tarde. La celebración. La fiesta. El olé.

   La verdad es que nuestra presentación terminó bastante pronto, así que llegamos a la fiesta temprano. Ya habían instalado el rocódromo, el castillo hinchable para los niños, y la caseta de las bebidas estaba lista, pero aún no servían. Porque sí, la fiesta era para que toda la familia pudiera disfrutarla. El tiempo era soleado y muy agradable. Rápidamente empezaron a animarse algunos valientes con el rocódromo. En principio yo tenía interés, pero después de que empezaran a subirse niños me dio canguelo. No por caerme, aquello parecía seguro y fácil. Me daba miedo que los niños fueran capaz de subirse y yo demostrara no ser capaz. Total, que no subí.

   A la fiesta se sumaron algunos familiares de nuestros amigos, y la Princesa no tardó en unírsenos también.

   Todo era gratis, bendita sea por siempre la familia Corleone. A poco de empezar hubo comida: un pollo condenadamente grasiento con patatas fritas. Delicioso. Me encanta la comida bien grasosa. El fallo fue pretender servirlo con cubiertos de plástico. De verdad, entiendo que habiendo niños cerca se quisieran curar en que no hubiera un percance, pero me pregunto si alguien fue capaz de pinchar decentemente aquel animal.

   Después de comer y de tomar alguna cerveza más nos volvimos a acercar a la caseta de las bebidas. Básicamente porque ahí es donde estaba la música. Estuvimos charlando con los compañeros de trabajo, y enseñamos a la familia las instalaciones donde trabajamos. Mesas, sillas y ordenadores, que tampoco tiene nada de particular (salvo, por supuesto, la consabida copa de Eisstock que guardamos con orgullo hasta el próximo invierno).

   La música era arbitraria. Mientras estábamos sentados no parábamos de oír rock antiguo, tipo Grease y del estilo. Desde el momento que nos pusimos en pie, nada más que empezó a sonar un pop que apenas conocíamos ninguno. Mucho estaba en alemán, o al menos yo no conseguía entender nada. Pero el alcohol fluía sin parar y eso ayudaba.

   Entonces llegó el momento mágico. Empezamos a oír una voz grave, festiva y muy familiar: "¡Booommmmmmmba!". Efectivamente, King África nos acompañó. Ahí mi Princesa con la otra compañera americana que nos acompañaba se vinieron arriba. Y yo llevaba suficiente alcohol para acompañarlas haciendo el tonto (nunca me atreveré a decir que yo bailo, pardiez).

   Siguiente: "Aserejé, ja, deje, dejebe tu dejebere sebiunouba majabi an de bugi an de buididipí". ¿Qué significa? Nada, y siempre me hace gracia cuando tengo que explicar a los extranjeros que toda esa frase no significa nada, ¿pero a que hace ilusión, después de diez meses, escuchar a las Ketchup aquí mismo en Sankt Johann?

   Y ya que estábamos crecidos, nos llegó la tercera, la inevitable, la única, la irrepetible, la que no puede faltar: "Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena". Con esa todos nos sabíamos la ridícula coreografía. Incluso algún compañero de trabajo austriaco se la sabía, también, y se animó. Llevaba más cervezas que yo, o las había tolerado peor. Pero tiempo al tiempo.

   Ya crecidas, la Princesa y una amiga se acercaban al DJ a pedirles más canciones, aunque latinas parecía no haber mucho más. Ahora que lo pienso, es sorprendente que no caeyera nada de Enrique Iglesias o de Jennifer López, ya que estaban por la labor. Pero, lamentablemente, todo lo bueno se acaba, y cuando ya nos tenían a los cuatro hispanos loquitos por el baile, volvieron al pop alemán.

   Y la verdad, la propia Princesa lo dijo: cuando tienes a toda la gente bailando, y contenta, y de pronto cambias de registro y ves que la gente se para y se pone a hablar, ¿como DJ no te das cuenta de que tienes que regresar a lo de antes? Aunque no tengas más canciones del estilo, cuanto menos repite las que tenías. Pero, regla básica de cualquier fiesta: no dejes que la gente se aburra.

   Mis compañeros no se aburrían: uno me empezó a tomar fotos mientras sujetaba el bolso de la Princesa. A la tercera ya me lo puse al hombro y le dije que al menos me tomara una buena. Como a día de hoy, las fotos no han trascendido, me pregunto si este compañero tendrá algún interés en conservarla en su teléfono.

   Para entonces ya estábamos suficientemente alcoholizados. Al poco rato, cuando parecía que aquello se hundía (musicalmente), llega el jefe, el CEO, Calvin Klein (Herr Klein) con el juguete preferido de toda zona rural que se precie: un tronco.

   Parece que existe un juego tradicional por esta zona (en mi trabajo ya lo conocía más gente), consistente en que se pongan varios participantes alrededor del tronco, que está de pie. Se clavan ligeramente unos clavos sobre él, uno por cada participante. El juego consiste en conseguir golpear tu clavo con un martillo, de un solo golpe seco, con el lado "delgado" de la cabeza del martillo. Va por turnos, de manera que el último en conseguir meter su clavo del todo, pierde, y paga la siguiente ronda. Sencillo.

   Y mucho más difícil de lo que parece, especialmente cuando llevas siete cervezas encima. A mí se me daba fatal. La Princesa le medio pilló el tranquillo bastante pronto. Hasta tal punto que Herr Klein acabó sacando una botella de Schnapps y dijo que cada vez que yo fallara al clavo y ella acertara, me tenía que tomar un chupito.

   Y me terminé la maldita botella.

   Quizá por eso no recuerdo del todo bien cosas como cuántas veces fui al baño. De verdad, perdí la cuenta. Estuvimos jugando al invento de los clavos (imagino a los legionarios del Imperio Romano inventando el juego durante las primeras Pascuas) hasta que ya la fiesta terminó del todo. Y eso fue como media hora después de que ya no sirvieran más bebidas. Terminamos con las existencias.

   La Princesa y yo volvimos cantando y felices hasta casa, haciendo una paradita en la pizzería porque sí, nos moríamos de hambre. Evidentemente, que de sed no mucho, pero el hambre acusaba. ¿Se dan cuenta del detalle? Sí, cuando terminó la fiesta, que era un viernes, la pizzería aún estaba abierta. Y no es porque esté abierta hasta muy tarde, sino porque aquí, "trasnochar" es estar de pie hasta las once o algo parecido.

   De hecho, el que nos decepcionó mucho fue mi casero. Con lo divertido y lo fiestero que es, se marchó antes de que empezara siquiera la buena música. No nos vio bailar (y yo estoy pensando en dedicarme a ello profesionalmente), no nos vio emborracharnos, y no jugó a "pablito clavó un clavito". Lamentable por su parte. Muy decepcionante.

   El sábado siguiente volvió a hacer mal tiempo (ya estamos en otoño, así que el clima es tan variable como los mercados), así que se pudo descansar bien la cruda. Que tampoco fue tan grave para todo lo que bebimos. La verdad es que la cruda de Schnapps ni se siente. Me pregunto cómo habría estado si hubiera bebido la mitad de cantidad en whisky DYC.

   Sin complejos.

   Amo muchísimo a la Princesa. Cada día que pasa más. ¡Y baila bien chido!

« Oye, mi cuerpo pide salsa, y con este ritmo no quiero parar. »
- Gloria Estefan.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Donde todo empezó

   Bueno, no es estrictamente cierto. En realidad todo empezó en ya.com. Supongo que sería interesante visitar las oficinas un día. Pero en persona, la Princesa y yo nos conocimos el 8 de marzo de este año en el aeropuerto de Viena. Pasamos allí el fin de semana antes de que viniera a conocer por primera vez Sankt Johann. Conocimos la ciudad, y nos conocimos a nosotros mismos. Recuerdo que no podía dejar de mirarla embobado la primera vez que estuvimos juntos en un restaurante, contemplando cada línea de su rostro, el color brillante de sus labios, sus dientes blancos y perfectos. ¿A cuánta gente no le huele mal el aliento después de una pizza con extra de queso y ajo? Para mí cada respiración suya sabía a gloria. Aún me sabe a gloria.

   Este fin de semana hemos vuelto a la ciudad donde nos conocimos. No era exactamente una visita de turismo. Al menos, no exclusivamente.

La casita que nos hemos comprado esta semana. Na, pa los puentes.
   El ayuntamiento de Sankt Johann (Gemainde) no requiere mucho papeleo para realizar un matrimonio civil. Pero una de las cosas que sí son necesarias en cualquier país de la Unión Europea es el Certificado de Capacidad Matrimonial de los contrayentes. En nuestro caso, debía expedírnoslo la embajada española. Y para expedírnoslo, debíamos presentarnos allí previa cita para que el embajador (o cónsul, o juez, ya no sé cuál es su cargo, porque menos Emperador cada persona le llama de una manera) nos entrevistara por separado, a fin de confirmar que efectivamente nos conocemos, estamos juntos, y no se trata de un matrimonio de conveniencia.

   Sabido esto, los días previos estuvimos repasando en Internet las preguntas que se suelen hacer: nombre de los padres de la pareja, de los hermanos, aficiones, último viaje que han hecho juntos, etc. Hemos llegado a encontrar listas en las que decían que podían preguntar cosas como la fecha de la última menstruación de mi pareja o algo así. Que yo ya estaba pensando "si preguntan eso les voy a contestar que qué les importa, seguro que eso les convence".

No me la juego con las autoridades y pongo la
foto que tienen ellos mismos en la web.
   Todos los miedos y nervios resultaron ser infundados: el embajador (o cónsul o juez o Su Señoría o Maestro Jedi) resultó ser un hombre tremendamente simpático. Primero se entrevistó conmigo, y sólo me pidió que le contara un poco cómo nos habíamos conocido, y cómo habíamos decidido casarnos. Luego me pidió, porque la ley le obligaba a tener alguna referencia de que efectivamente teníamos una relación, que le enseñase alguna fotografía de nosotros. En el teléfono tengo un centenar. Con una que nos habíamos hecho el día anterior en un museo (como veremos) y otra de hace unas semanas en Zell am See, se quedó más que satisfecho.

   Luego le hizo pasar a ella, pero sin abandonar yo la sala. Me dijo que no había necesidad de ponerla nerviosa, porque él ya lo veía todo bien. Incluso bromeó un poco con la Princesa, lamentando que no le hubiéramos llevado una botella de tequila. Aparentemente, el señor embajador (o cónsul o juez o Guía Supremo) había vivido durante unos años en México, y echaba bastante de menos la comida de allí. ¡Sorpresa! Lo dije en su momento y lo mantengo: México es el primer lugar del mundo en el que no he echado de menos la comida española. De hecho, ahora extraño mucho la cocina mexicana.

   Fue divertido a la salida, cuando de pura alegría la Princesa y yo nos abrazamos, y el funcionario que nos acompañaba en el ascensor dijo que si quería nos dejaba bajar solos. ¿Seguiríamos todavía en el ascensor? Cuando ella dijo que tenía calor no mejoró la situación, jeje.

   Eso fue el lunes, cuando ya estábamos por regresar. El día anterior, domingo, habíamos madrugado para llegar a mediodía a la ciudad. El hotel en el que nos alojamos, de primeras, nos dio un miedo terrible. Se llama Sommerhotel Wieden, por si alguien quiere referencias, y en Booking.com tenía bastante buen aspecto. Pero, por fuera, la fachada estaba ennegrecida y desconchada como si el edificio tuviera quinientos años. Pensamos "No pasa nada, también el hotel de Venecia tenía un aspecto horrible por fuera, y luego por dentro era bien bonito". Pero al entrar, el aspecto del diminuto y agobiante lobby no mejoraba en absoluto. Y al subir a la cuarta planta en la que nos alojábamos, atravesamos un pasillo blanco, frío y desalmado que más que de un hotel (¡de cuatro estrellas!) parecía de un trastero.

De lo poco salvable...
   La habitación no estaba mal. Las camas eran cómodas (dormimos muy bien, la verdad), los muebles de Ikea estaban prácticamente nuevos, y se veía muy limpio. Deslucía mucho el cuarto de baño: oscuro, de paredes amarillentas, lavabo agrietado, inodoro de un extraño diseño pensado para que la orina te salpique lo más alto posible y agua de sabor lamentable.

   Pero nos olvidamos de los contras, y dormimos bien. No había ningún ruido, y a la mañana siguiente comprobamos que, como habíamos leído, el servicio del hotel era excelente. El desayuno no estuvo mal (aunque para mi gusto, faltó algún huevo), el hombre de la recepción nos atendió siempre muy amabilísimo e incluso nos permitió imprimir un tiquet de tren que habíamos comprado online.

   La verdad es que el Sommerhotel no es un hotel malo, no se puede decir tal cosa. Solamente es un hotel feo. Refeo. El Sloth de los hoteles.

   Cuando salimos por Viena pudimos comprobar que había algún tipo de festividad. Probablemente varias. En Karlplatz había mucha gente joven entre puestos de comida, música, actividades lúdicas al aire libre como malabaristas y teatros callejeros, música, y muy buen rollo. La lluvia en aquel momento era mucho más suave de lo que Austria nos tiene acostumbrados desde hace meses, y la fiesta deslucía poco.

   Nos dirigimos al Museo Etnológico de Viena, y allí, en las puertas entre los diferentes museos vieneses, había algún otro tipo de feria gastronómica. Debía de haber comida de todas las partes del país, o qué se yo. La verdad es que la otra vez no habíamos visto la ciudad ni la mitad de animada.

   Pero nosotros íbamos al Museo. Allí se encuentra expuesto un penacho que, según ciertas tradiciones, perteneció a Monctezuma, último emperador Azteca, capturado por el ejército de Cortés y muerto en circunstancias que no sabemos y, como españoles, no queremos preguntar. Aunque no está demostrado, la teoría es que el penacho llegó a Austria cuando España estaba gobernada por Carlos Primero-Quinto, o algo así. Es más que factible.

PENACHO... para que te sientas... ¡el más MACHO!
   Fue divertido llegar hasta la vitrina donde el penacho está expuesto. En aquella diminuta sala levemente iluminada para que las propiedades de la prenda no se pierdan, se amontonaban cerca de cuatro personas, todas de México. En cuanto me oyeron hablar empezaron a decir en plan coña "estos son los que se lo robaron". Pero tenían buen sentido del humor, e incluso hicimos migas con una pareja que estaba allí.

   Regresamos a Sankt Stephan, que sigue en obras. Los andamios están mejor cuidados y más bonitos que la última vez, desde luego. Las salchichas extra grasientas que venden algunas calles más abajo están igual de ricas, así como los fideos con pollo. La Ópera tiene contratada a menos pesados que te intentan vender boletos por la calle (ay, la crisis), y, salvando esa primera mañana, el resto del fin de semana nos hizo un tiempo estupendo.

   Ah, por cierto, encontramos una báscula por la calle que confirmó lo que mucha gente venía observando desde hacía tiempo: en los dos últimos años he adelgazado más de diez kilos. Si los pantalones que compré en México, que me estaban justos, ya se me están cayendo también. La cosa es que no me siento mal, ni débil. Si no fuera por los pantalones ni me estaría dando cuenta. Espero que cuando empiece a comprar ropa para las bodas, cuando llegue la ceremonia todavía me quede bien. O que se me vea de perfil y no me convierta en Keira Knightley. Que ya quisiera ella.

   A la vuelta del viaje nos han confirmado que este documento, el Certificado de Capacidad Matrimonial, se expide en varios idiomas, entre ellos alemán; es válido para las autoridades austríacas, de manera que ya podemos empezar a traducir los demás documentos que necesitamos para casarnos. En esos quince o veinte días que tardan en enviárnoslo por correo...

   Amo a mi Princesa con toda mi alma. Amo a la que ya prontito será mi espósita. Amo a mi corazón. Ich liebe Aida Flores.

« ¿Sabía yo lo que es el amor? Ojos jurad que no. Porque nunca había visto una belleza como esta. »
- "Romeo y Julieta", William Shakespeare.

PD: Al no formar parte estrictamente de esta viaje, no he contado cuando, el día anterior a partir, creí que me había dejado uno de los documentos en la oficina de Correos de Sankt Johann. Lo que corrí a la oficina, que ya me imaginaba que estaría cerrada. La desesperación creyendo que faltaba este documento. La búsqueda de posibles soluciones. La búsqueda desesperada en todos los recovecos de la mochila. Y, finalmente, el descubrimiento del documento en el maldito doble fondo de mi mochila que ya me ha jugado varias malas pasadas. No vuelvo a usarla. Ahora uso una más pequeña que no tiene doble fondo y no me engaña.

lunes, 25 de agosto de 2014

El Viaje de Caterina y Ezio

   Mi princesa, el ser más hermoso y maravilloso que jamás haya pisado la Tierra (dicho objetivamente) cumplió quinceyonce primaveras el pasado sábado. Y como no se me ocurría qué regalo poder comprar, o crear, que hiciera justicia a semejante ejemplo de la perfección, para esa luz plateada que me acompaña cada día, decidí regalarle un viajecito a aquella de las hermosas ciudades italianas que tenemos más cerca: Venecia.

   Siendo honestos, yo también llevaba tiempo detrás de conocer esa ciudad. Años atrás había planteado la posibilidad de hacer un tour por todo el norte de Italia (Venecia, Florencia, Milán). Tour que finalmente no hice porque hice otros viajes antes. Pero la posibilidad se ha presentado, el motivo no podía ser mejor, y la verdad es que me alegro de haber conocido esa delicia arquitectónica de la mano de la persona a la que más amo.

   Después de ver un par de películas el viernes por la noche, salimos de Sankt Johann el sábado a la madrugada. El tren pasaba poco más tarde de la una y media, y nos encontramos con que todas las oficinas de la estación estaban cerradas. Así que no podíamos comprobar en qué plataforma de las cuatro que hay pasaría nuestro tren. Vía Internet conseguimos averiguarla, y cruzando mucho los dedos (haciendo changuitos), acertamos.

   En principio, sólo tuvimos que hacer una parada hasta St. Veit - Schwarzach, donde debíamos hacer transbordo para tomar el tren definitivo que nos llevase allá. La espera fue de más de una hora, dado que este tren vino con retraso. Primero tuvimos que averiguar, nuevamente, en qué andén pararía nuestro convoy. Toda la información sobre trenes en los paneles de información termina a las once y media de la noche. Si hay trenes más tarde, ¿por qué no informan de ellos? Con la ayuda de un empleado que se paseaba por allí, pudimos averiguar la plataforma, y también que el nombre alemán de Venecia es Venedig, cosa que no sabíamos (la web del transporte público austríaco, ÖBB, lo marca como VENEZIA).

   El tren llegó con casi una hora de retraso. La noche era fría. Estábamos hambrientos. Solos. Desesperados. Vale, estoy dramatizando, ¿pero a que queda bien? Realmente hacía algo de frío, tuvimos que aguardar dentro de las casetas aisladas. Lo más divertido llegó en el momento de abordar el tren: a diferencia de los trenes nacionales, en los internacionales tienes una cabina y un asiento asignado determinado (sí, cabina: estos trenes son como los de Harry Potter). Primero, tuvimos que atravesar los estrechos pasillos llenos de turistas medio dormidos, cargando con nuestro pequeño equipaje. Cuando nos indicaron qué cabina ocupar, encontramos que en nuestros asientos ya había dos hombres durmiendo, roncando, como si hubiesen estado toda la noche de parranda (no estamos muertos, estamos de parranda).

   Fueron los propios empleados del tren los que los despertaron y los sacaron de allí. Con mucha paciencia. Porque los turistas recién levantados tienen más pachorra para moverse que una carrera de caracoles. Finalmente ocupamos nuestros asientos, uno en frente del otro, y no tardamos en caer dormidos. En el viaje nos acompañaba un grupo de turistas cuya nacionalidad no pudimos saber. Iban cambiado de un idioma a otro de una manera extraña, y lo único que sabíamos es que no hablábamos ninguno.

   Finalmente, tras unas seis horas de viaje, atravesamos el puente que une Venecia con el continente, y ya habiendo despuntado el alba hacía un rato, arribamos a la estación de Santa Lucía.

   Nada más salir de la estación de trenes de Venecia se puede percibir que uno no está en una ciudad normal. Cien metros adelante, el Gran Canal cruza tu mirada de un extremo a otro, y los edificios románicos del otro lado se levantan majestuosos como diciendo "has venido a oler Renacimiento, ¿verdad?".

La primera visión, nada más llegar
   ¿La nota discordante? Como siempre. El maldito tiempo. Empiezo a sentirme como el protagonista de un vídeo del que me han hablado (no lo he visto aún), un argentino en Canadá que empieza diciendo "oh, qué bonita, la nieve, el manto blanco, etc.", y después de dos meses termina diciendo "estoy hasta las narices de la mierda blanca esta". No para tanto, pero de verdad, que a mí solía gustarme la lluvia. Me gustaba. La disfrutaba. Y el frío también.

   He necesitado viajar al norte para volverme mediterráneo.

   Pues sí, en Venecia también llovía y también hacía frío. Menos mal que en esta ciudad hay tanta gente que el viento no puede correr demasiado. Yo pensaba que, al igual que ocurre en Roma, en verano, con el calor y la humedad, esta época sería la temporada baja de turistas. Pero no debe de ser así. ¡Qué cantidad de gente! Toda la ciudad parece la Calle Preciados el 23 de diciembre.

   Llegamos al Hotel Príncipe, con el que tuvimos suerte a medias. Tuvimos suerte, porque el hotel es engañoso: por fuera parece más bien una pensión, poca cosa; pero una vez cruzas sus puertas te encuentras en un lugar enorme, con una decoración sencilla y de muy buen gusto, algo vintage.

   Aquí se debe hacer un aviso para futuros consumidores de booking.com: aunque la página os ofrezca la opción de elegir (o adelantar a posteriori) la hora deseada de check-in, ¡no lo creáis! Llamad al hotel y confirmadlo. Lo que el servicio proporciona al hotel es la hora a la que van a llegar los huéspedes, para guardar las maletas si estos lo desearan. Pero la hora de check-in es la que determina el hotel, y parece que es más o menos inamovible. Nosotros, quejándonos un poco y mostrando mucha paciencia, conseguimos que nos dieran habitación a las once y media de la mañana.

   La habitación era amplia y cómoda, con un televisor con canales en cuatro idiomas diferentes. En español sólo estaba sintonizado el 24h, como siempre. Las vistas daban a la concurrida calle que transcurre por el lado exterior del Gran Canal, con toda la gente moviéndose arriba y abajo como hormiguitas felices. O medio felices. Porque cada vez llovía más, y de hecho, tuvimos que esperar un rato antes de poder salir a la calle.

Hermosos los canales
   Salimos cuando la lluvia no se había detenido, pero había aflojado un poco, pensando que tal vez no se detendría del todo en ese día. Me equivoqué por poco en eso, como se verá.

   La ciudad de Venecia está llena de vida, al menos ahora en verano. Arriba y abajo transitan turistas y estudiantes de multitud de nacionalidades. La lluvia no los asusta. Uno empieza a caminar por el lado norte de la isla de una manera más o menos cómoda. Según va avanzando, rodeando el Gran Canal hacia el lado sur, las calles empiezan a hacerse estrechas, angostas, como callejones de un antiguo barrio medieval. Pero la cantidad de gente no disminuye, así que cada vez se va haciendo más y más difícil caminar.

   Pero eso sí: ¡qué calles! ¡Qué aspecto antiguo y romántico le da a la ciudad que la isla sea totalmente peatonal! (o casi) ¡Qué sensación de haber retrocedido en el tiempo le da esas callejas rodeadas por tiendas y puestos, atravesadas por los canales que llevan bañándola desde hace milenios! Esas paredes de piedra dorada, esos suelos pavimentados como en la época del Imperio Romano, esos puestos callejeros donde se venden todo tipo de baratijas para turistas... A nosotros nos convencieron con un par de máscaras carnavalescas bien bonitas. Creo que me voy a poner la mía para ir a trabajar, aunque la forma espigada de la nariz me hace temer que vaya golpeando a la gente.

   Cuando las calles ya son tan estrechas que apenas caben dos personas de una pared a la de enfrente, uno se topa con el Puente de Rialto. Aquí debo hacer mi pequeña apreciación friki: esta era una de las dos localizaciones que yo conocía más por el excelente videojuego "Assassin's Creed II" que por lo que hubiera visto en libros (siendo la otra la Plaza de San Marcos). Y encontrarme finalmente sobre ese puente ancho lleno de tenderetes sobre él fue especial. Es un enclave sorprendente. ¿A quién se le ocurrió levantar un mercadillo sobre un puente sobre el Gran Canal veneciano?

   Por desgracia, la lluvia en ese momento arrecibaba tanto, y la cantidad de gente era tan densa, que tuvimos que descender bastante pronto y encaminarnos finalmente hacia San Marcos.

   Lo diré simple y llanamente: la Plaza de San Marcos es uno de los lugares más espectaculares que he vistado construidos por la mano del hombre, y la Basílica de San Marcos es de lejos el edificio más bonito que he visto en toda mi vida (superando al que hasta ahora consideraba mi edificio favorito, la Basílica del Sagrado Corazón de París).

Lo que es una pena es que el edificio es tan grande que sacar una
foto general de él es casi imposible.
   Más que una basílica parece un palacio (de hecho, al principio lo confundía con el Palacio Ducal). Los arcos se levantan vigorosos sobre las puertas ricamente talladas, y por todas partes a lo largo de la fachada, diferentes frescos y decoraciones adornan las piedras. Ángeles y demonios bailan sobre las cornisas, con un color blanco como la sal del agua que los rodea, al son de la música que los grandes artistas europeos han ido componiendo a lo largo de la Historia.

   Ay, qué pena que la cola para entrar fuera tan condenadamente larga. Fácilmente tendríamos que haber estado esperando una hora, y aunque en aquel momento la lluvia se detuvo, amenazaba con regresar en cualquier momento. Sólo teníamos un día para estar en la ciudad, y realmente no merecía la pena. Queda pendiente ver el interior de esta espectacular construcción. Siempre hay que dejar algo pendiente para el regreso.

   La verdad es que, a su lado, el hermosísimo Palacio Ducal, luce muy poco. ¿Los antiguos Medici no habrían preferido establecer su residencia en un enclave donde no se vieran tan ensombrecidos? ¿Tal vez la Iglesia no les permitía ser más que ellos? Ni que hablar de la impresionante torre del campanario en frente, que en cualquier otro lugar de cualquier otra ciudad habría sido sido sin duda el edificio más visitado, pero que allí, a pesar de su tamaño, queda como un "sí, también está bonito".

   Cuando uno piensa que no puede haber más maravillas, sigue avanzando y se asoma a las aguas del Mar Mediterráneo, para contemplar las torres de San Giorgio Maggiore y de la Iglesia del Santísimo Redentor en la isla que hay al otro lado de la ría. La imagen es de postal. Si uno la ve en un libro, en una película, en un videojuego, piensa que es fruto de la imaginación de artistas, y que un lugar así no puede existir en el mundo real. Bendito Dios que nos dio en aquel momento los primeros rayos del sol del día (¿y de la semana?).

Sí, este lugar existe
   Regresando al frikismo, a los que conocen el mentado videojuego renacentista, debo decirles que, tal y como ocurría con el "Hermandad" (siendo el Coliseo de Roma el ejemplo más evidente), el equipo de Ubisoft reprodujo muy fielmente las localizaciones históricas, pero se les fue la mano con la escala: los lugares, que en la realidad son grandes y majestuosos, en el videojuego son, simplemente, enormes.

   Giramos a mano izquierda y continuamos paseando, entre la tumultuosa gente, junto a las aguas, contemplando a los cruceros que se paseaban a quinientos metros, y a las góndolas tristemente ancladas en el muelle. La verdad es que el día no invitaba. Ni los precios tampoco. Más tarde tuvimos ocasión de preguntar cuánto costaba un paseo en estas típicas embarcaciones: 120€ por cuarenta minutos de trayecto (WTF!). La verdad es que el viaje de ida y vuelta desde Sankt Johann nos costó muy poquito más.

   Pedimos unos helados en tarrina en un puesto. Me encanta el helado de chocolate, lo siento, es mi perdición particular. Estoy en Italia, donde hay literalmente sabores de helado que no he conocido jamás, y yo me voy al chocolate. Qué le voy a hacer. El vicio es el vicio.

   Continuamos paseando hasta llegar al antiguo arsenal, un edificio de aspecto castellano o de fortaleza, a cuyo interior no se podía acceder porque, incluso hoy en día, sigue siendo zona militar. Estaba rematado por un arco para barcas y una puerta de entrada para peatones que llamaba la atención por su regia decoración.

   Habiendo llegado tan lejos, quisimos regresar al hotel, pero no por el mismo camino que habíamos venido, sino callejeando. Ni modo. Intentar perderse por las callejuelas y los puentes de Venecia es como intentar encontrar la salida del Laberinto del Minotauro. Ora te puedes encontrar con una calle sin salida que va a dar directamente a un canal, ora el trazado de los paseos están diseñados de tal manera que, sí o sí, te retornan a la Plaza de San Marcos. No pudimos evitarlo, y al final acabamos regresando por el camino por el que habíamos venido.

   Tras descansar un poco después de ardua caminata (Jesús cómo nos dolían los pies), salimos a cenar a un restaurante que estaba en frente mismo del hotel. Yo comí espaghetti con almeja, y mi princesa pudo descubrir que "macarrones" se dice "penne". Así que penne y almeja. Fue una cena deliciosa. Por cierto, que al contrario de lo que he visto en el resto de Europa, en Italia, así como en España, sí que se estila el Menú del Día: por apenas diez ó doce euros puedes comer dos platos y postre. Delicioso.

   Tras la cena dimos un paseo por la zona que rodea a la estación de trenes. Descubrimos el Puente de la Constitución (aunque no descubrimos su nombre hasta la mañana siguiente). Este puente, la verdad, pega en esa ciudad tanto como una cartuchera en una estatua de la Virgen María. Parece de Calatrava. ¿Quién se empeña en hacer edificios ultra modernos art-decó en una ciudad de arquitectura clásica? No es que yo sea un fiera en historia del arte, pero no hace falta tener mucha visión para ver que queda tan bien como una espinilla entre los ojos.

   ¿Alguna vez habéis tenido una espinilla entre los ojos? Son un coñazo, y más si usas gafas.

Me lo imagino con un campo de fuerza debajo...
   Cuando ya empezábamos a regresar al hotel para dormir, oímos música cubana en una de las calles de un lado. Junto a una de las orillas descubrimos lo que debía de ser una escuela de danza latina. Un montón de gente bailando ¿salsa, cumbia? La Princesa sabe mejor que yo. Y se notaba que era una escuela no en el hecho de que todos bailaran bien, sino en que todos bailaban igual de bien. Vamos, de hecho parecían haber sido todos programados. No podía distinguir unas personas de otra. Los estuvimos viendo un rato, disfrutando de la música, antes de regresarnos finalmente al Príncipe para dormir.

   Día largo, pero aprovechado y hermoso.

   A la mañana siguiente desayunamos en el hotel, justo después de darnos cuenta que el camino de regreso no era por tren, sino en autobús hasta Villach (un pueblo de la frontera austríaca). Y la estación de autobuses, en teoría, estaba al lado de la de trenes.

   En teoría. La verdad es que había que caminar veinte minutos y atravesar dos puentes para llegar a la parada de autobuses. Además, ésta se encontraba bien oculta entre diferentes edificios de aparcamientos y estaciones de ferries. Nos pasamos de salida en una ocasión, y finalmente llegamos a la parada de autobuses justo cuando veíamos un dos-pisos con las siglas ÖBB arrancando. Por poco no conseguimos llegar a tiempo. Conseguí correr y ponerme en frente de él, y el conductor, muy amablemente, nos permitió la entrada y nos confirmó que aquel era el autobús correcto.

   No había montado en el piso superior de un autobús desde que estuve en Londres por última vez. No estaba mal, pero no era lo más de lo más de la comodidad. Además, en viajes largos (este era de tres horas y media), ¿dónde ha quedado la clásica pantalla para que puedas dormir una película moderna de John Wayne o Frank Sinatra?

   Cuando uno llega a los alpes italianos, el aspecto de la carretera cambia mucho de golpe. Grandes gargantas, cascadas, un túnel detrás de otro para los vehículos... Se sentía que estábamos regresando.

   Poco más hay que contar. En Villach cambiamos el autobús por el tren sin incidencias. Íbamos con más tiempo y la información estaba más clara. En el tren, eso sí, nos movieron después de que ocupáramos unos asientos que estaban reservados. Y nos pusimos en frente de una pareja de ancianos bastante simpáticos. Ella nos miraba embelesada como nos salieran corazoncitos de la cabeza. ¿Es así? Eso explicaría el peso que estamos perdiendo.

   Llegamos a Sankt Johann con el suficiente cansancio en el cuerpo como para no ir a casa directamente, sino hacer una breve paradinha en el McDonald's, a consumir una dosis alta de calorías y grasa. Mmmmmmmmm delicioso.

   En resumen (sí, porque esto se podría haber resumido): espectacular ciudad, de las que más me han gustado de todas cuantas he visitado, y esto a pesar del tiempo y de las aglomeraciones de gente. ¿Habrá influido que viajaba acompañado por mi Princesita amada, la flor más maravillosa que ha surgido en este campo de ortigas llamado Humanidad?

   Puede ser. Yo, por mi parte, me apunto la tarea de regresar algún día, en temporada baja de turistas, a visitar el Campanario, a detenerme un buen rato en el Puente de Rialto, quizá a comprar alguna cosita, y, sobre todo, a conocer a fondo el interior de esa hermosísima basílica con la que sé que voy a soñar más de una vez y más de dos.

   Y, si regreso con mi amor, mejor que mejor. Así todos mis deseos se harán realidad.

« - Es una buena vida esta que vivimos, hermano.
   - La mejor. Que nunca cambie.
   - Y que nunca nos cambie a nosotros. »
- Assassin's Creed II