lunes, 25 de agosto de 2014

El Viaje de Caterina y Ezio

   Mi princesa, el ser más hermoso y maravilloso que jamás haya pisado la Tierra (dicho objetivamente) cumplió quinceyonce primaveras el pasado sábado. Y como no se me ocurría qué regalo poder comprar, o crear, que hiciera justicia a semejante ejemplo de la perfección, para esa luz plateada que me acompaña cada día, decidí regalarle un viajecito a aquella de las hermosas ciudades italianas que tenemos más cerca: Venecia.

   Siendo honestos, yo también llevaba tiempo detrás de conocer esa ciudad. Años atrás había planteado la posibilidad de hacer un tour por todo el norte de Italia (Venecia, Florencia, Milán). Tour que finalmente no hice porque hice otros viajes antes. Pero la posibilidad se ha presentado, el motivo no podía ser mejor, y la verdad es que me alegro de haber conocido esa delicia arquitectónica de la mano de la persona a la que más amo.

   Después de ver un par de películas el viernes por la noche, salimos de Sankt Johann el sábado a la madrugada. El tren pasaba poco más tarde de la una y media, y nos encontramos con que todas las oficinas de la estación estaban cerradas. Así que no podíamos comprobar en qué plataforma de las cuatro que hay pasaría nuestro tren. Vía Internet conseguimos averiguarla, y cruzando mucho los dedos (haciendo changuitos), acertamos.

   En principio, sólo tuvimos que hacer una parada hasta St. Veit - Schwarzach, donde debíamos hacer transbordo para tomar el tren definitivo que nos llevase allá. La espera fue de más de una hora, dado que este tren vino con retraso. Primero tuvimos que averiguar, nuevamente, en qué andén pararía nuestro convoy. Toda la información sobre trenes en los paneles de información termina a las once y media de la noche. Si hay trenes más tarde, ¿por qué no informan de ellos? Con la ayuda de un empleado que se paseaba por allí, pudimos averiguar la plataforma, y también que el nombre alemán de Venecia es Venedig, cosa que no sabíamos (la web del transporte público austríaco, ÖBB, lo marca como VENEZIA).

   El tren llegó con casi una hora de retraso. La noche era fría. Estábamos hambrientos. Solos. Desesperados. Vale, estoy dramatizando, ¿pero a que queda bien? Realmente hacía algo de frío, tuvimos que aguardar dentro de las casetas aisladas. Lo más divertido llegó en el momento de abordar el tren: a diferencia de los trenes nacionales, en los internacionales tienes una cabina y un asiento asignado determinado (sí, cabina: estos trenes son como los de Harry Potter). Primero, tuvimos que atravesar los estrechos pasillos llenos de turistas medio dormidos, cargando con nuestro pequeño equipaje. Cuando nos indicaron qué cabina ocupar, encontramos que en nuestros asientos ya había dos hombres durmiendo, roncando, como si hubiesen estado toda la noche de parranda (no estamos muertos, estamos de parranda).

   Fueron los propios empleados del tren los que los despertaron y los sacaron de allí. Con mucha paciencia. Porque los turistas recién levantados tienen más pachorra para moverse que una carrera de caracoles. Finalmente ocupamos nuestros asientos, uno en frente del otro, y no tardamos en caer dormidos. En el viaje nos acompañaba un grupo de turistas cuya nacionalidad no pudimos saber. Iban cambiado de un idioma a otro de una manera extraña, y lo único que sabíamos es que no hablábamos ninguno.

   Finalmente, tras unas seis horas de viaje, atravesamos el puente que une Venecia con el continente, y ya habiendo despuntado el alba hacía un rato, arribamos a la estación de Santa Lucía.

   Nada más salir de la estación de trenes de Venecia se puede percibir que uno no está en una ciudad normal. Cien metros adelante, el Gran Canal cruza tu mirada de un extremo a otro, y los edificios románicos del otro lado se levantan majestuosos como diciendo "has venido a oler Renacimiento, ¿verdad?".

La primera visión, nada más llegar
   ¿La nota discordante? Como siempre. El maldito tiempo. Empiezo a sentirme como el protagonista de un vídeo del que me han hablado (no lo he visto aún), un argentino en Canadá que empieza diciendo "oh, qué bonita, la nieve, el manto blanco, etc.", y después de dos meses termina diciendo "estoy hasta las narices de la mierda blanca esta". No para tanto, pero de verdad, que a mí solía gustarme la lluvia. Me gustaba. La disfrutaba. Y el frío también.

   He necesitado viajar al norte para volverme mediterráneo.

   Pues sí, en Venecia también llovía y también hacía frío. Menos mal que en esta ciudad hay tanta gente que el viento no puede correr demasiado. Yo pensaba que, al igual que ocurre en Roma, en verano, con el calor y la humedad, esta época sería la temporada baja de turistas. Pero no debe de ser así. ¡Qué cantidad de gente! Toda la ciudad parece la Calle Preciados el 23 de diciembre.

   Llegamos al Hotel Príncipe, con el que tuvimos suerte a medias. Tuvimos suerte, porque el hotel es engañoso: por fuera parece más bien una pensión, poca cosa; pero una vez cruzas sus puertas te encuentras en un lugar enorme, con una decoración sencilla y de muy buen gusto, algo vintage.

   Aquí se debe hacer un aviso para futuros consumidores de booking.com: aunque la página os ofrezca la opción de elegir (o adelantar a posteriori) la hora deseada de check-in, ¡no lo creáis! Llamad al hotel y confirmadlo. Lo que el servicio proporciona al hotel es la hora a la que van a llegar los huéspedes, para guardar las maletas si estos lo desearan. Pero la hora de check-in es la que determina el hotel, y parece que es más o menos inamovible. Nosotros, quejándonos un poco y mostrando mucha paciencia, conseguimos que nos dieran habitación a las once y media de la mañana.

   La habitación era amplia y cómoda, con un televisor con canales en cuatro idiomas diferentes. En español sólo estaba sintonizado el 24h, como siempre. Las vistas daban a la concurrida calle que transcurre por el lado exterior del Gran Canal, con toda la gente moviéndose arriba y abajo como hormiguitas felices. O medio felices. Porque cada vez llovía más, y de hecho, tuvimos que esperar un rato antes de poder salir a la calle.

Hermosos los canales
   Salimos cuando la lluvia no se había detenido, pero había aflojado un poco, pensando que tal vez no se detendría del todo en ese día. Me equivoqué por poco en eso, como se verá.

   La ciudad de Venecia está llena de vida, al menos ahora en verano. Arriba y abajo transitan turistas y estudiantes de multitud de nacionalidades. La lluvia no los asusta. Uno empieza a caminar por el lado norte de la isla de una manera más o menos cómoda. Según va avanzando, rodeando el Gran Canal hacia el lado sur, las calles empiezan a hacerse estrechas, angostas, como callejones de un antiguo barrio medieval. Pero la cantidad de gente no disminuye, así que cada vez se va haciendo más y más difícil caminar.

   Pero eso sí: ¡qué calles! ¡Qué aspecto antiguo y romántico le da a la ciudad que la isla sea totalmente peatonal! (o casi) ¡Qué sensación de haber retrocedido en el tiempo le da esas callejas rodeadas por tiendas y puestos, atravesadas por los canales que llevan bañándola desde hace milenios! Esas paredes de piedra dorada, esos suelos pavimentados como en la época del Imperio Romano, esos puestos callejeros donde se venden todo tipo de baratijas para turistas... A nosotros nos convencieron con un par de máscaras carnavalescas bien bonitas. Creo que me voy a poner la mía para ir a trabajar, aunque la forma espigada de la nariz me hace temer que vaya golpeando a la gente.

   Cuando las calles ya son tan estrechas que apenas caben dos personas de una pared a la de enfrente, uno se topa con el Puente de Rialto. Aquí debo hacer mi pequeña apreciación friki: esta era una de las dos localizaciones que yo conocía más por el excelente videojuego "Assassin's Creed II" que por lo que hubiera visto en libros (siendo la otra la Plaza de San Marcos). Y encontrarme finalmente sobre ese puente ancho lleno de tenderetes sobre él fue especial. Es un enclave sorprendente. ¿A quién se le ocurrió levantar un mercadillo sobre un puente sobre el Gran Canal veneciano?

   Por desgracia, la lluvia en ese momento arrecibaba tanto, y la cantidad de gente era tan densa, que tuvimos que descender bastante pronto y encaminarnos finalmente hacia San Marcos.

   Lo diré simple y llanamente: la Plaza de San Marcos es uno de los lugares más espectaculares que he vistado construidos por la mano del hombre, y la Basílica de San Marcos es de lejos el edificio más bonito que he visto en toda mi vida (superando al que hasta ahora consideraba mi edificio favorito, la Basílica del Sagrado Corazón de París).

Lo que es una pena es que el edificio es tan grande que sacar una
foto general de él es casi imposible.
   Más que una basílica parece un palacio (de hecho, al principio lo confundía con el Palacio Ducal). Los arcos se levantan vigorosos sobre las puertas ricamente talladas, y por todas partes a lo largo de la fachada, diferentes frescos y decoraciones adornan las piedras. Ángeles y demonios bailan sobre las cornisas, con un color blanco como la sal del agua que los rodea, al son de la música que los grandes artistas europeos han ido componiendo a lo largo de la Historia.

   Ay, qué pena que la cola para entrar fuera tan condenadamente larga. Fácilmente tendríamos que haber estado esperando una hora, y aunque en aquel momento la lluvia se detuvo, amenazaba con regresar en cualquier momento. Sólo teníamos un día para estar en la ciudad, y realmente no merecía la pena. Queda pendiente ver el interior de esta espectacular construcción. Siempre hay que dejar algo pendiente para el regreso.

   La verdad es que, a su lado, el hermosísimo Palacio Ducal, luce muy poco. ¿Los antiguos Medici no habrían preferido establecer su residencia en un enclave donde no se vieran tan ensombrecidos? ¿Tal vez la Iglesia no les permitía ser más que ellos? Ni que hablar de la impresionante torre del campanario en frente, que en cualquier otro lugar de cualquier otra ciudad habría sido sido sin duda el edificio más visitado, pero que allí, a pesar de su tamaño, queda como un "sí, también está bonito".

   Cuando uno piensa que no puede haber más maravillas, sigue avanzando y se asoma a las aguas del Mar Mediterráneo, para contemplar las torres de San Giorgio Maggiore y de la Iglesia del Santísimo Redentor en la isla que hay al otro lado de la ría. La imagen es de postal. Si uno la ve en un libro, en una película, en un videojuego, piensa que es fruto de la imaginación de artistas, y que un lugar así no puede existir en el mundo real. Bendito Dios que nos dio en aquel momento los primeros rayos del sol del día (¿y de la semana?).

Sí, este lugar existe
   Regresando al frikismo, a los que conocen el mentado videojuego renacentista, debo decirles que, tal y como ocurría con el "Hermandad" (siendo el Coliseo de Roma el ejemplo más evidente), el equipo de Ubisoft reprodujo muy fielmente las localizaciones históricas, pero se les fue la mano con la escala: los lugares, que en la realidad son grandes y majestuosos, en el videojuego son, simplemente, enormes.

   Giramos a mano izquierda y continuamos paseando, entre la tumultuosa gente, junto a las aguas, contemplando a los cruceros que se paseaban a quinientos metros, y a las góndolas tristemente ancladas en el muelle. La verdad es que el día no invitaba. Ni los precios tampoco. Más tarde tuvimos ocasión de preguntar cuánto costaba un paseo en estas típicas embarcaciones: 120€ por cuarenta minutos de trayecto (WTF!). La verdad es que el viaje de ida y vuelta desde Sankt Johann nos costó muy poquito más.

   Pedimos unos helados en tarrina en un puesto. Me encanta el helado de chocolate, lo siento, es mi perdición particular. Estoy en Italia, donde hay literalmente sabores de helado que no he conocido jamás, y yo me voy al chocolate. Qué le voy a hacer. El vicio es el vicio.

   Continuamos paseando hasta llegar al antiguo arsenal, un edificio de aspecto castellano o de fortaleza, a cuyo interior no se podía acceder porque, incluso hoy en día, sigue siendo zona militar. Estaba rematado por un arco para barcas y una puerta de entrada para peatones que llamaba la atención por su regia decoración.

   Habiendo llegado tan lejos, quisimos regresar al hotel, pero no por el mismo camino que habíamos venido, sino callejeando. Ni modo. Intentar perderse por las callejuelas y los puentes de Venecia es como intentar encontrar la salida del Laberinto del Minotauro. Ora te puedes encontrar con una calle sin salida que va a dar directamente a un canal, ora el trazado de los paseos están diseñados de tal manera que, sí o sí, te retornan a la Plaza de San Marcos. No pudimos evitarlo, y al final acabamos regresando por el camino por el que habíamos venido.

   Tras descansar un poco después de ardua caminata (Jesús cómo nos dolían los pies), salimos a cenar a un restaurante que estaba en frente mismo del hotel. Yo comí espaghetti con almeja, y mi princesa pudo descubrir que "macarrones" se dice "penne". Así que penne y almeja. Fue una cena deliciosa. Por cierto, que al contrario de lo que he visto en el resto de Europa, en Italia, así como en España, sí que se estila el Menú del Día: por apenas diez ó doce euros puedes comer dos platos y postre. Delicioso.

   Tras la cena dimos un paseo por la zona que rodea a la estación de trenes. Descubrimos el Puente de la Constitución (aunque no descubrimos su nombre hasta la mañana siguiente). Este puente, la verdad, pega en esa ciudad tanto como una cartuchera en una estatua de la Virgen María. Parece de Calatrava. ¿Quién se empeña en hacer edificios ultra modernos art-decó en una ciudad de arquitectura clásica? No es que yo sea un fiera en historia del arte, pero no hace falta tener mucha visión para ver que queda tan bien como una espinilla entre los ojos.

   ¿Alguna vez habéis tenido una espinilla entre los ojos? Son un coñazo, y más si usas gafas.

Me lo imagino con un campo de fuerza debajo...
   Cuando ya empezábamos a regresar al hotel para dormir, oímos música cubana en una de las calles de un lado. Junto a una de las orillas descubrimos lo que debía de ser una escuela de danza latina. Un montón de gente bailando ¿salsa, cumbia? La Princesa sabe mejor que yo. Y se notaba que era una escuela no en el hecho de que todos bailaran bien, sino en que todos bailaban igual de bien. Vamos, de hecho parecían haber sido todos programados. No podía distinguir unas personas de otra. Los estuvimos viendo un rato, disfrutando de la música, antes de regresarnos finalmente al Príncipe para dormir.

   Día largo, pero aprovechado y hermoso.

   A la mañana siguiente desayunamos en el hotel, justo después de darnos cuenta que el camino de regreso no era por tren, sino en autobús hasta Villach (un pueblo de la frontera austríaca). Y la estación de autobuses, en teoría, estaba al lado de la de trenes.

   En teoría. La verdad es que había que caminar veinte minutos y atravesar dos puentes para llegar a la parada de autobuses. Además, ésta se encontraba bien oculta entre diferentes edificios de aparcamientos y estaciones de ferries. Nos pasamos de salida en una ocasión, y finalmente llegamos a la parada de autobuses justo cuando veíamos un dos-pisos con las siglas ÖBB arrancando. Por poco no conseguimos llegar a tiempo. Conseguí correr y ponerme en frente de él, y el conductor, muy amablemente, nos permitió la entrada y nos confirmó que aquel era el autobús correcto.

   No había montado en el piso superior de un autobús desde que estuve en Londres por última vez. No estaba mal, pero no era lo más de lo más de la comodidad. Además, en viajes largos (este era de tres horas y media), ¿dónde ha quedado la clásica pantalla para que puedas dormir una película moderna de John Wayne o Frank Sinatra?

   Cuando uno llega a los alpes italianos, el aspecto de la carretera cambia mucho de golpe. Grandes gargantas, cascadas, un túnel detrás de otro para los vehículos... Se sentía que estábamos regresando.

   Poco más hay que contar. En Villach cambiamos el autobús por el tren sin incidencias. Íbamos con más tiempo y la información estaba más clara. En el tren, eso sí, nos movieron después de que ocupáramos unos asientos que estaban reservados. Y nos pusimos en frente de una pareja de ancianos bastante simpáticos. Ella nos miraba embelesada como nos salieran corazoncitos de la cabeza. ¿Es así? Eso explicaría el peso que estamos perdiendo.

   Llegamos a Sankt Johann con el suficiente cansancio en el cuerpo como para no ir a casa directamente, sino hacer una breve paradinha en el McDonald's, a consumir una dosis alta de calorías y grasa. Mmmmmmmmm delicioso.

   En resumen (sí, porque esto se podría haber resumido): espectacular ciudad, de las que más me han gustado de todas cuantas he visitado, y esto a pesar del tiempo y de las aglomeraciones de gente. ¿Habrá influido que viajaba acompañado por mi Princesita amada, la flor más maravillosa que ha surgido en este campo de ortigas llamado Humanidad?

   Puede ser. Yo, por mi parte, me apunto la tarea de regresar algún día, en temporada baja de turistas, a visitar el Campanario, a detenerme un buen rato en el Puente de Rialto, quizá a comprar alguna cosita, y, sobre todo, a conocer a fondo el interior de esa hermosísima basílica con la que sé que voy a soñar más de una vez y más de dos.

   Y, si regreso con mi amor, mejor que mejor. Así todos mis deseos se harán realidad.

« - Es una buena vida esta que vivimos, hermano.
   - La mejor. Que nunca cambie.
   - Y que nunca nos cambie a nosotros. »
- Assassin's Creed II

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